Escuela infantil Achalay

Me siento feliz cuando voy a buscar a Nacho (1 año) al “cole” y le veo contento encima de su profe que está sentada en el suelo, con los compañeros de clase también cerquita, cada uno haciendo sus cosas, pero todos juntos.

Me siento muy feliz cuando en ese momento puedo entrar en la clase, sentarme con ellos, mirarles y sujetar a alguno de los pequeños que se apoya en mí para levantarse. Todos en calma, hace poquito que se han levantado de la siesta algunos, y otros siguen en ello . Los que siguen durmiendo serán despertados por sus padres o cuidadores que pueden entrar hasta las cunitas, como si estuvieran en casa.

Nacho a veces viene corriendo con los brazos en alto y otras veces se queda con Araceli sentado, sonriendo, o sigue jugando dentro de una caja de cartón con su compañera Claudia o concentrado en el ruido que hace arrastrar una tapa de paté la piara por el suelo. No tiene prisa, porque está como en casa.

Cuando ya está en mis brazos y nos vamos, Nacho a veces se despide acercando su cabecita a la de Araceli, rozando las mejillas con una sonrisa en la cara y los ojillos medio cerrados del gusto.

Salimos al pasillo para irnos y pasamos por cuerdas, tubos, guirnaldas de tapones reciclados, suaves gasas y telas colgadas que nos rozan al pasar. Pizarras a la altura de los niños con tizas de colores para pintar y cajas con libros para que nadie se olvide de llevarse uno a casa, un rincón de lectura y a veces un dulzón olor a incienso. A la salida siempre nos despiden Belén y María, directora y secretaria del centro, que saben el nombre de todos los niños, que besan y abrazan a todos los que se dejan y que intercambian palabras con los papás a los que también conocen.

El ambiente en la escuela infantil es de ternura, respeto hacia los niños y las familias, y esto es lo normal, pero yo lo disfruto tanto porque en “la otra escuela”, a la que asistió Candela (3 años), muy pocas cosas eran normales: a pesar de algunos de sus profes, cariñosísimos (Maite, Natalia, Lidia, Raul) el centro estaba más interesado en el negocio que en el bienestar de los pequeños. Ahora puedo decir que toda la incertidumbre que hemos podido sentir por el cambio ha merecido la pena.

Hoy es carnaval y mi marido está en Achalay con Nacho, van a hacer un pasacalles con los peques disfrazados en el que se pide a las familias que participen si pueden, lo normal. Me envía fotos por wsp con cuidado de no sacar en ellas a otros niños, lo normal. También se ha llevado a Malcolm (nuestro perro), lo normal.

Que importante es sentir que dejas a tu hijos en buenas manos, y que tranquila está una cuando las piezas del puzle empiezan a encajar.

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